25 de junio de 2011

La bicicleta que quería correr sola


El valor objetivo de este cuento es la cooperación, el trabajo en equipo. Hay que hacer ver al niño que hay muchas cosas que no podemos hacer solos, y que necesitamos la ayuda de los demás para llevarlas a cabo.
En el cuento se da vida a objetos inanimados (la bicicleta, los zapatos y los calcetines) , que incluso llegan a hablar con un niño.
El lector debe poner mucha expresividad en las frases que dicen los protagonistas del cuento, y si además logra hacer voces diferentes para la bicicleta, los zapatos y los calcetines, seguro que la audiencia se mostrará muy atenta.

El cuento
Había una vez una bicicleta de carreras. Era muy rápida, tenía unas ruedas nuevas y unos frenos muy buenos, un timbre que sonaba muy fuerte, y una luz para ir por la noche. Pero aquella bicicleta quería correr sola.

Ella intentaba ponerse en pie, y no podía. Sabía que para correr había que mover los pedales muy rápido, pero cada vez que alguien la dejaba derecha, ella lo intentaba pero no se movía del lugar donde estaba.

Una vez que estaba aparcada en un árbol, vio pasar otra bicicleta a toda velocidad. Se la quedó mirando a ver si descubría por qué esa bicicleta corría tanto y en cambio ella no podía correr, y se dio cuenta de que para poder correr hacía falta que unos zapatos hicieran mover los pedales muy rápido.

Así pues, decidió hacerse amiga de unos zapatos que le ayudaran a correr. Y dicho y hecho, comenzó a buscar unos zapatos. Y fue buscando y buscando hasta que, de repente, vio un par encima de una mesa. Y les dijo: -¡Eh! Zapatos! ¿Me queréis ayudar a pedalear y a correr? ¡Se ve que hacen falta unos zapatos para que una bicicleta pueda funcionar!
- ¡Muy bien! ¡Será muy divertido! -Dijeron los zapatos.
Y los zapatos se subieron encima de los pedales y se pusieron a hacer mucha fuerza para hacer correr la bicicleta, pero por mucha fuerza que intentaban hacer, la bicicleta no se movía.

La bicicleta y los zapatos se pusieron a pensar a ver si descubrían por qué no conseguían correr. Pensaban que lo estaban haciendo bien, pero aquello no se movía. Y, de pronto, vieron pasar otra bicicleta a toda velocidad, se la quedaron mirando y vieron que los zapatos que hacían correr esa bicicleta no estaban solos: ¡tenían unos calcetines!

Por lo tanto, ya habían encontrado la solución. ¡Necesitaban encontrar unos calcetines que se metieran dentro de los zapatos!

La bicicleta y los zapatos se pusieron a buscar unos calcetines que les ayudaran. Fueron mirando por todas partes hasta que vieron un par en un cesto lleno de ropa. Y gritaron: -¡Eh!, ¡Calcetines! ¿Queréis venir a ayudarnos a correr?
- ¡Si! ¡Será muy divertido! -Dijeron los calcetines.

Así pues, los calcetines se metieron dentro de los zapatos, y los zapatos se pusieron sobre los pedales de la bicicleta y empezaron a hacer fuerza para mover los pedales. Pero la bicicleta no se movía.

Algo estaban haciendo mal, pero no sabían el qué. Ya lo tenían todo preparado: una bicicleta, unos zapatos y unos calcetines, tal y como habían visto en las otras bicicletas que pasaban corriendo, pero aquello no funcionaba.

En ese momento, vieron pasar otra bicicleta. Esta iba poco a poco, y se pudieron fijar detenidamente, y lo que vieron les sorprendió: resulta que los zapatos hacían funcionar los pedales, y dentro de los zapatos había unos calcetines, ¡pero dentro los calcetines había unos pies! ¡Unos pies! Antes, al mirar aquellas bicicletas que pasaban corriendo, como iban tan deprisa no habían visto que también hacía falta poner unos pies dentro de los calcetines.

La bicicleta, los zapatos y los calcetines se pusieron a buscar unos pies. Fueron mirando, y mirando, y buscando, y buscando, hasta que vieron unos pies que pasaban por allí. Y cuando iban a llamar a los pies vieron que no estaban solos. Los pies estaban pegados a unas piernas. Y aquellos pies y aquellas piernas estaban pegados a un niño.

Así pues, la bicicleta, los zapatos y los calcetines dijeron: - ¡Eh niño! ¿Te puedes quitar los pies un rato y nos los dejas para poder correr con la bicicleta?

Y el niño contestó: -¡No me puedo sacar los pies! ¡Siempre los llevo pegados conmigo! Pero, si queréis, me puedo poner los calcetines y los zapatos, y todos juntos podemos correr un rato con la bicicleta!

¡Sí! ¡Venga! ¡Vamos! -Dijeron la bicicleta, los zapatos y los calcetines. Y el niño se puso los calcetines y los zapatos, se subió a la bicicleta, y empezó a pedalear y a correr.

Y desde entonces, no hay ninguna bicicleta que funcione sola. Siempre se necesita un niño o una niña para poder correr con una bicicleta.

Para acabar el cuento
Preguntemos al niño qué cosas hay que le guste hacer pero que no pueda hacer solo. Y también qué cosas queremos hacer nosotros como padres y no podemos hacer sin que nos ayude nuestro hijo.

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21 de junio de 2011

El niño que nunca recogía nada


Evidentemente, con este cuento pretendemos hacer que el niño se dé cuenta de lo que le puede pasar si nunca recoge ni ordena sus cosas.
Es importante dar la máxima expresividad a nuestras palabras al leer las frases donde se explica lo que el niño hace mal, y exagerar mucho las expresiones "Que lo recoja el canario!" y "Que lo haga el canario!", buscando la complicidad y la sonrisa del niño. Es interesante que cambiemos el sujeto "el canario" por otro animal que el niño reconozca mejor, por ejemplo, el pez de colores que tenemos en casa, o el nombre del perro de la abuela, ... de forma que el juego sea más fácil .
Podemos aprovechar las pausas entre cada una de las trastadas, para preguntar al niño si sabe qué es lo que tendría que haber hecho Marcelo.

El cuento
Marcelo era un niño que nunca recogía nada. Sus padres y sus profesores siempre iban detrás de él para que recogiera todo lo que usaba, pero él siempre decía: -Que lo recoja el canario!

Cuando quería jugar con otra cosa, dejaba sin recoger el juguete que estaba utilizando. Y si sus padres le decían que recogiera el juguete que ya no utilizaba, él siempre decía: -Que lo recoja el canario!

Cuando se ponía el pijama para ir a dormir, nunca dejaba la ropa sucia en su lugar. Y si alguien le decía que pusiera la ropa sucia en el cesto de la ropa para lavar, él siempre decía: -Que lo recoja el canario!

Siempre que se vestía por la mañana, tiraba el pijama en cualquier lugar, pero nunca en su lugar. Y si le decían que guardase el pijama, él siempre decía: -Que lo recoja el canario!

Cuando estaba en el colegio dibujando, y el profesor decía que recogiera los colores y los papeles para cambiar de actividad, él no lo hacía nunca y decía: -Que lo recoja el canario! Y sus amigos de la clase tenían que recoger lo que él había desordenado.

Al poco tiempo, su habitación se convirtió en una montaña enorme de cosas sin ordenar. Juguetes mezclados con ropa sucia, zapatos llenos de ceras de pintar, calcetines llenos de plastelina, muchos dibujos arrugados debajo de la cama, unos calzoncillos colgados de la lámpara, ... Si intentabas abrir su armario, te caían encima muñecos, pantalones, cartulinas rasgadas, trozos de bocadillo, ... incluso una piel de plátano.

Hasta que un día Marcelo le dice a su madre que, al día siguiente, en la escuela harán una representación de teatro y que él tiene que ir vestido de color verde, tiene que preparar un dibujo de un dragón, y tiene que llevar su juguete preferido.

Entonces su madre le dice: -Vete a tu habitación y prepara tu camiseta favorita de color verde para mañana. Y Marcelo se pone a buscar la camiseta entre toda aquella montaña de basura en que ha convertido su habitación y, cuando la encuentra, resulta que está sin lavar, manchada de chocolate y toda arrugada. Marcelo coge la camiseta y se la lleva corriendo a su madre y le pide que se la lave y la planche. Y su madre le dice: -Que la lave el canario!

A continuación, Marcelo se pone a buscar sus ceras y sus papeles blancos para dibujar el dragón que tiene que llevar a la escuela, pero no consigue encontrar los colores por ninguna parte, y todos los papeles que encuentra están sucios y arrugados. Se va corriendo hacia su madre y le pide que le dé unos papeles blancos y una caja nueva de colores. Y su madre le dice: -Que te lo dé el canario!

Y después, Marcelo se pone a buscar su juguete preferido para llevarlo al colegio, que es un coche que corre mucho y que le regaló el abuelo. Pero, aunque remueve toda su habitación, su coche preferido ha desaparecido en medio de tanto desorden. Y, llorando pues no podrá llevar ni su camiseta verde favorita, ni podrá hacer el dibujo del dragón, y no puede encontrar su coche preferido, le dice a su mamá: -Mamá, ayúdame a buscar mi coche favorito! Y mamá le dice: -Que te ayude el canario!

Al día siguiente, Marcelo fue a la escuela vestido con su camiseta verde sucia, arrugada y manchada de chocolate. Trajo un dibujo de un dragón en un papel sucio y arrugado, y además el dragón era de color naranja pues no encontró el color verde para pintarlo. Y, además, no pudo llevar su juguete preferido pues el coche que le regaló su abuelo no apareció nunca entre todo el desorden que había en su habitación.

Para terminar el cuento
Preguntarle al niño que le pasó a Marcelo y porqué. Intentar que sea el mismo niño el que nos diga qué es lo que habría que hacer y preguntarle si él cree que está haciendo las cosas tan mal como Marcelo o si las hace correctamente.
Podemos utilizar las expresiones "Que lo haga el canario!" como parte de un juego entre padres e hijos en el momento de recoger o hacer otras tareas.
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16 de junio de 2011

La mariquita Juanita


Con este cuento queremos fomentar los valores de la paciencia y el esfuerzo, así como hacer incapié en que todos somos distintos y que todos tenemos alguna cualidad especial que nos puede hacer destacar sobre los demás.
Solo hay un hilo narrativo, por lo que la participación activa del oyente hay que fomentarla a través de las preguntas entre pausas.
La rima consonante entre ‘mariquita’ y ‘Juanita’ llamará la atención del niño, y la empatía natural de los niños respecto la tristeza de la protagonista también los hará reaccionar con interés para saber el desenlace de la historia.

El cuento
Había una vez una mariquita que se llamaba Juanita. A la pobre Juanita le faltaba una patita. Todas sus amigas mariquitas tenían seis patitas, pero ella solo tenía cinco. Nació con solo cinco patitas.

Cada mañana, cuando salía el Sol, todas las mariquitas iban a correr por las hojas. Pero Juanita no las podía seguir ya que con solo cinco patitas no podía correr tan rápido como las demás.

A mediodía, las mariquitas jugaban a subir y bajar por las ramitas de las plantas, y Juanita se quedaba en casa sentada, ya que con solo cinco patitas no podía subir a las ramitas.

Por la tarde las mariquitas salían a bailar por los prados, pero Juanita se quedaba mirando, ya que con solo cinco patitas no podía bailar.

Antes de ir a dormir, todas las mariquitas jugaban a saltar entre las flores, y la pobre Juanita se quedaba sola, mirando como sus amigas se lo pasaban la mar de bien.

Juanita estaba triste. No podía jugar con las otras mariquitas y estaba enfadada porque le faltaba una patita. Su madre le decía que la quería más que a nadie y que era la mariquita más bonita del mundo, pero no conseguía consolar a la pequeña Juanita ya que ella quería ser como las otras mariquitas y poder correr, saltar y bailar igual que sus amigas.

Un buen día, cuando Juanita estaba desayunando, notó unas cosquillas en la espalda y le pidió a su madre que mirase a ver qué era aquello que le hacía cosquillas. Su madre se echó a reir, le dió un beso muy grande y le dijo:
-Estas cosquillas significan que te han salido alas en la espalda. Todas las mariquitas, cuando son mayores, tienen alas.
-¿Y para qué sirven las alas? -dijo Juanita.
-¡Las alas sirven para volar! -dijo su madre.

Después de desayunar, Juanita fue donde estaban jugando sus amigas y les explicó aquello de las cosquillas y las alas, y que servían para volar. Las otras mariquitas se rieron de ella diciendo que las mariquitas no podían volar.
Entonces, Juanita hizo un esfuerzo y desplegó unas alitas pequeñitas y transparentes, y empezó a moverlas arriba y abajo. Primero muy despacio, y después más deprisa, y finalmente muy y muy rápido. Hasta que, de repente, comenzó a elevarse del suelo y a volar. Al principio se cansaba mucho y solo volaba un poquito, pero poco a poco se fue acostumbrando e iba volando más tiempo sin cansarse, y cada vez más alto y más rápido.

A los pocos días ya era capaz de hacer volteretas en el aire, de ir de un árbol a otro, de volar sobre sus amigas y de subir hacia arriba y bajar hacia abajo, y hacia un lado, y hacia el otro, ...

Pasados unos días, a todas las amigas de Juanita también les salieron alas y, como Juanita ya llevaba varios días volando muy bien, se convirtió en la profesora de vuelo de todas las mariquitas.

Y, cuando todas las mariquitas ya sabían volar,  se dieron cuenta que Juanita era la que tenía las alas más grandes y más bonitas, y que podía volar más alto y más rápido que las otras, y que podía hacer más y mejores piruetas.

Para finalizar el relato
Hay que hablar de la paciencia y de la esperanza. Juanita, aunque le faltaba una patita y no podía jugar con sus amigas, nunca perdió la esperanza de, algún día, poder jugar con ellas sin ningún tipo de impedimento.

También hay que hablar sobre la importancia de ser perseverante y esforzarse en las tareas. Si Juanita no se hubiera esforzado en practicar mucho con las alas no habría conseguido ser la mejor voladora de todas las mariquitas.

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