13 de septiembre de 2011

Los gatos enamorados de la Luna

Con este cuento queremos fomentar la sensibilidad y los sentimientos.  No es nuevo para nadie que, entre todos los mensajes que reciben nuestros hijos durante el día, muy pocos estan realmente cargados de sensibilidad y de amor.  Es bueno hacer un esfuerzo para que reciban buenas dosis.

El cuento

Era una noche de verano y dos gatos paseaban por un prado. Desde el prado veían toda la ciudad iluminada, y les gustaba sentarse y mirar aquel espectáculo tan bonito de luces y
colores.

-¡Miau! Es muy bonita la ciudad iluminada.- dijo uno de los gatos.
-¡Sí! ¡Miau! - Dijo el otro gato. -No puedo dejar de contemplar todos esos colores y reflejos. ¡Es tan bonito!
Y así estaban los dos, embelesados ​​observando el movimiento de las luces de los coches yendo arriba y abajo por las calles de la ciudad, disfrutando del reflejo de las luces de colores de las tiendas en los cristales de los edificios, boquiabiertos con aquel espectáculo.

Entonces, a uno de los gatos, tan tranquilo como estaba, tuvo ganas de bostezar.
-¡Ahhhhh!
Y al bostezar levantó la cabeza y descubrió una luz en el cielo. Era una luz blanca, redonda, enorme. El gato pensó que era la luz más bonita que había visto jamás, y le dijo al otro gato:
-¡Miau! ¿Has visto esa lámpara que hay en el cielo?
El otro gato miró al cielo y, al ver la luz, exclamó:
-¡Miau! ¡Pero si es la Luna!
-¿La Luna? - dijo el otro. ¿Qué es la Luna?
-La Luna es un satélite que refleja la luz del Sol, y por eso da tanta luz .- le contestó.
Y los dos gatos dejaron de mirar las luces de la ciudad, se tumbaron boca arriba, y se dedicaron a mirar la Luna.

-¡Ay, es tan hermosa! - Dijo uno.
-¡Sí, es tan hermosa! - Dijo el otro.
-¡Ay, qué bonita! - Dijo uno.
-¡Sí que es bonita! - dijo el otro.
-Ay, me parece que me he enamorado de la Luna .- dijo uno.
-Sí, me parece que yo también me he enamorado de la Luna .- dijo el otro.
Y así estaban los dos, tumbados en el prado y mirándose la Luna totalmente enamorados.

De pronto, uno de los gatos saltó y dijo:
-¡Miau! ¡Escúchame! Si estamos enamorados tendríamos que escribir un poema de amor a la Luna.
-¡Sí! ¡Miau! ¡Un poema de amor! -Dijo el otro.
Y se pusieron a escribir un poema de amor. Pasado un buen rato, tras pensar mucho y liarse con las palabras, los versos y las rimas, acabaron su poema de amor a la Luna, que decía así:

Oh Luna tú tan bonita,
tan redonda y tan blanquita,
te digo que soy un gato
que de ti se ha enamorado.


-¡Miau!- Dijo uno de los gatos. -¡Nos ha quedado muy bien!
-¡Sí!- Dijo el otro. -Seguro que cuando le recitemos el poema a la Luna, ella también se enamorará de nosotros.
-¿Y cómo se recita un poema de amor? -Dijo uno.
-¡Miau!- Dijo el otro. -Como la Luna está muy lejos allá en el cielo, ¡hay que recitar el poema gritando tan fuerte como se pueda!
Y ambos gatos se sentaron en una piedra, se quedaron mirando a la Luna, y le recitaron el poema alzando mucho la voz:

Oh Luna tú tan bonita,
tan redonda y tan blanquita,
te digo que soy un gato
que de ti se ha enamorado.


Pero la Luna no hizo nada. Ni se movió, ni los miró, ni les contestó. Ni siquiera una triste sonrisa. Entonces los gatos pensaron que no habían gritado bastante, y volvieron a recitar el poema gritando aún más fuerte:

Ooh Luna tú tan bonitaaa,
taaan redonda y taaan blanquitaaa,
te digo que soy un gaaato
que de tiii ha enamoraaado.


Y la Luna tampoco hizo nada.

-¡Miau! ¡La Luna no nos ha oído! - Dijo uno.
-¡Es verdad! ¡Estamos demasiado lejos de la Luna! - Dijo el otro.
-¡Miau! ¡Ya tengo la solución! -Dijo uno. -Construiremos una escalera de madera muy alta para poder acercarnos hasta la Luna y entonces, gritando tanto como podamos, le recitaremos el poema.
¡Sí! -Dijo el otro. -¡Buena idea!
Y se pusieron a construir una escalera de madera que, una vez terminada, resultó ser la escalera de madera más alta que se ha hecho nunca. Era tan alta, que con las patas casi le podían tocar la cara a la Luna.

Y dicho y hecho, subieron ambos gatos a lo más alto de la escalera y, una vez arriba vieron que estaban tan cerca de la Luna que esta vez seguro que los oiría recitar el poema de amor.

-¡Venga! ¡Vamos a recitar el poema! - Dijo uno.
¡Sí! - Dijo el otro. -¡Pero esta vez tenemos que gritar más fuerte que nunca!
Se aclararon la garganta, tomaron tanto de aire como pudieron, y así recitaron el poema:

Ooooh Luuunaaa tuuú taaan boooniiitaaa,
taaan redoooontaaaaa y taaan blanquitaaaaa,
teee diiigooo que soooy uuun gaaatooooo
que de tiiii se haaaaa eeenaaamoooraaadoooo.


Y entonces la Luna abrió los ojos, se quedó mirando los gatos, y dijo: -¿Quien es el que grita tan fuerte?
-¡Miau! ¡Somos nosotros!- Dijeron los gatos. Es que nos hemos enamorado de ti y te hemos recitado un poema de amor. Pero como estábamos muy lejos y no nos oías, hemos subido en esta escalera y hemos gritado tan fuerte como hemos podido para que nos pudieras escuchar.
-Pero,¿dónde se ha visto que un poema de amor se recite gritando de esta manera?- dijo la Luna.
-¡Un poema de amor se recita bajito y al oído! A ver, recitad de nuevo el poema pero esta vez bien bajito.

Y así hicieron los gatos:

Oh Luna tú tan bonita,
tan redonda y tan blanquita,
te digo que soy un gato
que de ti se ha enamorado.


Y dijo la Luna: -¡Ahora sí que os he escuchado bien! ¡Y la verdad es que el poema me ha gustado mucho!
La Luna les dio un beso y los despidió diciendo: -¡Me ha gustado tanto que quiero que me lo recitéis todas las noches de luna llena!.

Y así es que desde entonces todos los gatos en las noches de luna llena se sientan en los tejados de las casas y contemplan la Luna, y también es por eso que los poemas de amor siempre se han de recitar bajito y al oído.

Observaciones finales

No tengamos vergüenza de gritar cuando los gatos recitan el poema, ni de maullar cuando los gatos maullan.  Ya veréis cómo cambia su cara cuando nos metemos de verdad en el papel.
El final del cuento es perfecto para despedirse del niño con un beso y un “te quiero” susurrado al oído, como la Luna y los gatos.
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11 de agosto de 2011

La familia Cuchara

En este cuento queremos fomentar el valor de la colaboración y la participación constructiva. Quizá este cuento esté también dirigido a los padres, pues somos los padres los que tenemos que fomentar este espíritu participativo a nuestros hijos y, muchas veces, con la excusa de que son demasiado pequeños, no los responsabilizamos de tareas que pueden hacer perfectamente y que, además, les ayudan a sentirse útiles y dan firmeza a su autoestima. Así es como actúan los padres de la familia Cuchara, no permitiendo que su hija pequeña se desarrolle haciendo tareas que puede hacer sin demasiado problema.
El niño encontrará divertido que se hable de familias de cucharas, de tenedores y de cuchillos, y que estos actúen como si tuvieran vida propia. Podemos exportar la animación de estos objetos cotidianos a las horas de las comidas, e intentar hacer más divertidos estos momentos.

El cuento

Había una vez una familia de cucharas. Eran la familia Cuchara.
El padre, que se llamaba Cucharón Cuchara, era un cucharón grande y fuerte, que podía vaciar toda una cazuela de sopa en un abrir y cerrar de ojos. La madre, Cucharola Cuchara, era una cuchara fina y elegante, ni demasiado grande ni demasiado pequeña, que sabía recoger con mucha gracia y elegancia los purés, los arroces y las sopas.

El señor y la señora Cuchara tenían tres hijas: Cuchareta Cuchara, Cucharina Cuchara, y Cucharilla Cuchara.

Cuchareta Cuchara ya casi era tan alta y esbelta como su madre, y hacía tiempo que sabía recoger perfectamente todo tipo de caldos y otros líquidos.

Cucharina Cuchara, que era un poco más pequeña que su hermana mayor Cuchareta, todavía tenía que aprender a recoger bien la comida y, aunque iba aprendiendo, aún se le caían de vez en cuando las cosas más difíciles como los fideos o las judías, pero ya recogía bastante bien los postres como los yogures y los flanes.

Cucharita Cuchara, la más pequeña de las tres hijas de la familia Cuchara, era la más vivaracha de todos. Le gustaba meterse en todas partes. Se metía dentro de los platos de sopa y se escondía en su interior, le encantaba caer entera dentro de los vasos de leche o quedar completamente cubierta de chocolate, estaba deseando sumergirse dentro de las cazuelas llenas de arroz o de habas, y a menudo se quedaba escondida horas y horas hasta que sus padres la echaban de menos y, cuando la llamaban, saltaba de repente desde donde estuviera y les daba un buen susto.

Aunque se divertía de lo lindo, estaba triste.  Ella no podía hacer las cosas que sabían hacer sus padres y sus dos hermanas, y no le dejaban nunca coger sopa, remover el puré de verduras, o esparcir tomate por encima de la pizza.

Un buen día en que toda la familia Cuchara estaba trabajando duro en una comida muy importante, y donde también trabajaban otras familias de cubiertos como la familia Tenedor y la familia Cuchillo, el padre Cuchara le dijo a Cucharita Cuchara que se quedara en el cajón, que la comida donde estaban trabajando era de unos señores muy importantes y no quería que estorbara ni hiciera ningúna travesura. Pero Cucharita Cuchara no le hizo caso, y sin que nadie la viera se fugó del cajón de los cubiertos y se escondió en la mesa detrás de una fuente muy grande de patatas fritas. Al poco tiempo de esperar escondida, vio como todo un ejército de tenedores empezaba a pinchar patatas y ponerlas en los platos, y Cucharita Cuchara pensó que ella podía hacerlo tan bien como aquellos tenedores. Sin pensarlo, saltó de detrás de la fuente y comenzó a pinchar las patatas pero, como ella no tenía pinchos, lo que hacía era aplastarlas hasta convertir la fuente de patatas fritas en una especie de puré de patatas aplastadas. Entonces decidió que ya era hora de poner las patatas en los platos, y empezó a lanzar cucharadas de puré de patata frita por todas partes hasta que todos los señores que estaban sentados a la mesa quedaron bien manchados.
Huelga decir que su padre, Cucharón Cuchara, se enfadó muchísimo y regañó a Cucharita Cuchara por la fechoría que había hecho. -Algún día, cuando seas mayor, podrás hacer los mismos trabajos que hacemos nosotros pero, hasta entonces, deberás tener paciencia y esperar en el cajón de los cubiertos.

Pasados unos días, la familia Cuchara y las familias de los tenedores y los cuchillos tenían que trabajar en una cena. Cucharita Cuchara se quedó resignada en el cajón, pero no tenía paciencia y se escapó, subió a la mesa de la cena, y se escondió detrás de una cazuela llena de pollo asado. Enseguida vio como tenedores y cuchillos se ponían a trabajar en equipo para cortar el pollo y servirlo en los platos. Los tenedores saltaban hábilmente pinchando el pollo asado y los cuchillos se movían adelante y atrás con mucha elegancia para ir cortando trozos de pollo, ni demasiado grandes ni demasiado pequeños. También vio como su madre, Cucharola Cuchara, colaboraba con los tenedores y los cuchillos cogiendo salsa del fondo de la cazuela y regando hábilmente los trozos de pollo. Cucharita Cuchara pensó que si su madre lo podía hacer, ella también. Saltó encima de la cazuela, con tan mala suerte que fue a parar al fondo y quedó hundida en un mar de salsa. Todos estaban tan ocupados que no la vieron, y Cucharita decidió empezar a saltar y dar golpes para que la rescataran del fondo de la cazuela. Tan fuerte saltó y golpeó que salpicó de salsa a todos los cuchillos, todos los tenedores, el mantel y a todo el mundo que estaba por allí.

¡Ay pobre Cucharita! Acababa de hacer otra fechoría, y sus padres se enfadaron mucho con ella porque no les había obedecido.

A los pocos días, la familia Cuchara tenía que servir en una merienda. Era una merienda de señores mayores que tomaban galletas, té y café. El padre dijo a Cucharita que, sobre todo, fuera obediente y no saliera del cajón, y, aunque parezca mentira, esta vez Cucharita estaba dispuesta a hacer caso a su padre y no organizar ningún desastre.

Durante la merienda, hizo falta poner azúcar al café, y el padre, Cucharón Cuchara, decidió que él era el más adecuado para realizar esta tarea. Con decisión fue hacia el azucarero y resulta que el señor Cuchara era tan grande, que no cabía dentro y no podía coger el azúcar. La señora Cuchara, que lo vio todo, pensó que como ella era más estrecha sí podría meterse en el azucarero. Dicho y hecho, se metió en el azucarero, se llenó de azúcar, y lo metió todo dentro de la taza del café. Pero la señora Cuchara aún era demasiado grande y metió tanto azúcar en la taza que la llenó del todo, derramó todo el café por encima de la mesa y lo ensució todo. La hermana mayor de Cucharita, Cuchareta Cuchara, estaba muy asustada pues ni su madre ni su padre habían sido capaces de hacer bien el trabajo y, claro, ella seguro que tampoco lo sabría hacer. La hermana mediana, Cucharina Cuchara, estaba en un rincón de la mesa jugando con unos tenedores de su edad, y no se dio cuenta de lo que estaba pasando.

Entonces, el padre de la familia Cuchillo le dijo al señor Cuchara:
- Oiga señor Cuchara, ¿ustedes no tienen una hija pequeña que debe tener el tamaño perfecto para poner correctamente el azúcar en el café y removerlo de la mejor forma posible?
Y la señora Cuchara, que lo oyó, rápidamente dijo:
- ¡Ay no! Que Cucharita es muy traviesa y seguro que lo hará muy mal.
Y el señor Cuchillo contestó:
- Pero, vamos a ver. Si no dejamos a Cucharita que lo intente nunca sabremos si lo puede hacer bien. Y, aunque sea traviesa, peor que nosotros no lo podrá hacer. Nosotros, los mayores, no hemos podido poner el azúcar en el café. Quizá si le explicamos a Cucharita cómo lo tiene que hacer, ella lo intentará hacer de la mejor forma posible.

Y dicho y hecho. Fueron todos a buscar a Cucharita, la llevaron a la mesa, y le explicaron cómo tenía que poner el azúcar en el café. Entonces, Cucharita se acercó al azucarero, se metió dentro, se llenó de azúcar y, sin dejar caer ni un granito, puso el azúcar en la taza de café. A continuación, volvió hacia el azucarero y puso otra cucharada de azúcar al café. Entonces, se metió dentro de la taza de café, y todos vieron que tenía el tamaño perfecto para esa taza. Y se puso a remover el café despacito, sin derramar ni una gota.
Cuando terminó, todos se pusieron a aplaudir el trabajo de Cucharita. Las familias de tenedores y cuchillos golpeaban unos contra otros haciendo mucho ruido y gritando: ¡Viva Cucharita! Los señores que estaban merendando comentaban que esa cuchara tenía una habilidad especial para poner azúcar al café. Y los padres y hermanas de Cucharita estaban tan orgullosos de su hija que nunca más la dejaron encerrada en el cajón de los cubiertos, y siempre la llevaron con ellos a todos los desayunos, almuerzos, meriendas y cenas en los que tenían que trabajar, y siempre contaban a todos que Cucharita era la encargada de poner el azúcar en el café, y de poner el chocolate en polvo a la leche, y la miel a las tostadas, pues como tenía el tamaño perfecto y era la más hábil, siempre lo hacía fantásticamente bien.

Observaciones finales

Preguntas para el niño:
- ¿Por qué Cucharón Cuchara no podía poner el azúcar al café? ¿Por qué Cucharola Cuchara sí podía poner el azúcar al café, pero no lo hacía bien? Y por qué Cucharita Cuchara sí lo podía hacer correctamente?

El niño tiene que comprender que hay cosas que no puede hacer ya que es demasiado pequeño, y los padres tenemos que entender que hay que darle oportunidades para hacer cosas que normalmente no hace, sobre todo cosas útiles para los demás y en las que el niño pueda sentirse útil en la comunidad de su familia.

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9 de julio de 2011

El gusano número 3



En este cuento toma protagonismo la puntualidad como valor de respeto hacia los demás. Buscamos hacer ver al niño que ser puntual, además de una cualidad importante, también es una muestra de respeto para los que nos esperan. Como ya hemos hecho en otros cuentos, tenemos una frase que actúa como 'leit-motiv' y que sorprenderá al niño al final, cuando los gusanos pasan de gritar 'Que viva la fiesta de los 10 gusanos!', a gritar 'Que viva la fiesta de los 9 gusanos '.

El cuento

Había una vez 10 gusanos que eran muy buenos amigos. Cada día, después de acabar con sus tareas y encargos, hacían una fiesta a las seis de la tarde en punto.
Las fiestas eran de lo más animadas, con música y bailes, con juegos y sorpresas, y con ensaladas y zumos de fruta frescos para comer y beber.

Los gusanos eran tan bien educados que no empezaban nunca la fiesta hasta que los 10 habían llegado, y, cuando todos estaban allí y estaba todo preparado, siempre
gritaban:
- ¡Que viva la fiesta de los 10 gusanos!

Pero resulta que el gusano número 3 era un poco perezoso, y como tardaba mucho en terminar sus tareas y obligaciones, siempre llegaba un poquito tarde.

Un día que el gusano número 3 tenía que limpiar su casita, en lugar de limpiarla temprano para poder ir a la fiesta se entretuvo mirando cómo el viento hacía mover las hojas. Y estuvo tanto tiempo mirando las hojas que cuando se dio cuenta que todavía no había limpiado su casita, ya casi era hora de ir a la fiesta de los gusanos. Se puso a limpiar y cuando terminó se fue hacia la fiesta. Al llegar, los 9 gusanos amigos suyos ya hacía 10 minutos que le esperaban un poco enfadados. Pero como eran muy buenos amigos le perdonaron el retraso, y gritaron todos juntos:
- ¡Que viva la fiesta de los 10 gusanos!
Y se pusieron a cantar y a bailar.

Al día siguiente, el gusano número 3 tenía que lavar toda su ropa. Pero como era un poco perezoso se puso a mirar por la ventana de su casa cómo el agua del arroyo se llevaba las hojas secas que caían de los árboles. Y estuvo mirando el arroyo tanto tiempo que, cuando recordó que tenía que lavar toda su ropa, ya era la hora de empezar la fiesta de los gusanos. Se puso a lavar rápidamente toda la ropa y, cuando terminó, se fue a la fiesta. Al llegar, los otros 9 gusanos ya hacía más de media hora que le esperaban y le dijeron:
- Gusano número 3, ¡estamos muy enfadados contigo! ¡Siempre llegas tarde a la fiesta y cada vez tenemos que esperarte mas tiempo!
Y el gusano número 3 les dijo:
- Lo siento mucho. No lo haré nunca más. ¿Que me perdonáis?
Y los otros gusanos dijeron:
- ¡Claro que sí que te perdonamos! ¡Eres nuestro amigo!
Y los 10 gusanos gritaron:
- ¡Que viva la fiesta de los 10 gusanos!

Otro día, el gusano número 3 tenía que ordenar todos los libros y juguetes que había en su casita. Empezó a recoger cosas, pero enseguida se cansó y se puso a mirar los dibujos de un libro de animalitos. Fue mirando los dibujos, pasando las páginas, mirando más dibujos, hasta que miró el reloj y vio que de nuevo llegaría tarde a la fiesta de los gusanos. Lo dejó todo tal cual, no recogió nada, y se fue corriendo hacia la fiesta.
Al llegar, sus amigos estaban muy, muy enfadados. Hacía casi dos horas que le esperaban y no habían podido empezar la fiesta. Y los gusanos le dijeron:
- ¡Gusano número 3!. ¡Hoy ya hace casi dos horas que te estamos esperando! Ya hace demasiado tiempo que llegas tarde y, aunque el otro día nos dijiste que no lo harías nunca más, ¡hoy has llegado tarde otra vez!
Y el gusano número 3 dijo:
- Lo siento mucho. No sé qué me ha pasado. ¡Pero no lo volveré a hacer nunca más! ¿Verdad que me perdonáis?
Y los otros 9 gusanos le dijeron:
- Está bien. Te perdonamos. ¡Pero que sea la última vez que llegas tarde!
Y los 10 gusanos gritaron:
- ¡Que viva la fiesta de los 10 gusanos!

Pasados ​​unos días, el gusano número 3 tenía que lavar los platos sucios. Pero cuando iba a empezar vio que el viento hacía mover las nubes, y se estiró en el césped que tenía en el jardín observando cómo en el cielo corrían las nubes con el viento. Vio una nube con forma de mariposa, otra en forma de libro, otra que parecía una manzana, ... y mirando las nubes pasó tanto tiempo que se hizo de noche, y recordó que tenía que lavar los platos antes de ir a la fiesta de los gusanos. Se puso a lavar los platos corriendo y marchó hacia la fiesta.
Pero esta vez ya eran las 10 de la noche. Ya hacía 4 horas que tenía que haber llegado. Corrió todo lo que pudo y, justo antes de llegar a la fiesta, escuchó cómo sus amigos gritaban:
- ¡Que viva la fiesta de los 9 gusanos!
El gusano número 3 siguió corriendo hasta llegar a la puerta de la casa donde se hacía la fiesta, pero estaba cerrada. Golpeó la puerta una, dos, tres veces, pero nadie la abría. Y dentro los gusanos gritaban:
- ¡Que viva la fiesta de los 9 gusanos!
Volvió a golpear la puerta más y más fuerte hasta que, al final, la puerta se abrió y los 9 gusanos salieron.
¡Hola! ¡Ya he llegado! ¡Pensaba que no llegaría a tiempo! -Dijo el gusano número 3-.
Y los otros gusanos le dijeron:
- Es que no has llegado a tiempo. La fiesta ya ha terminado. Nos hemos cansado de esperar y hemos hecho la fiesta sin ti. Y a partir de ahora, la fiesta ya no es la fiesta de los 10 gusanos, sino la fiesta de los 9 gusanos, como tú siempre llegas tarde y no podemos ser nunca los 10, ahora seremos los 9.
Y también le dijeron:
- Esta fiesta será la de los 9 gusanos, hasta el día que no llegues tarde.

Observaciones finales

Preguntar al niño qué cree que hizo el gusano a partir de ese momento, ¿siguió llegando tarde?, ¿o desde aquel día llegó puntual siempre?
También podemos preguntar si sabe por qué los otros 9 gusanos se enfadaron tanto.

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25 de junio de 2011

La bicicleta que quería correr sola


El valor objetivo de este cuento es la cooperación, el trabajo en equipo. Hay que hacer ver al niño que hay muchas cosas que no podemos hacer solos, y que necesitamos la ayuda de los demás para llevarlas a cabo.
En el cuento se da vida a objetos inanimados (la bicicleta, los zapatos y los calcetines) , que incluso llegan a hablar con un niño.
El lector debe poner mucha expresividad en las frases que dicen los protagonistas del cuento, y si además logra hacer voces diferentes para la bicicleta, los zapatos y los calcetines, seguro que la audiencia se mostrará muy atenta.

El cuento
Había una vez una bicicleta de carreras. Era muy rápida, tenía unas ruedas nuevas y unos frenos muy buenos, un timbre que sonaba muy fuerte, y una luz para ir por la noche. Pero aquella bicicleta quería correr sola.

Ella intentaba ponerse en pie, y no podía. Sabía que para correr había que mover los pedales muy rápido, pero cada vez que alguien la dejaba derecha, ella lo intentaba pero no se movía del lugar donde estaba.

Una vez que estaba aparcada en un árbol, vio pasar otra bicicleta a toda velocidad. Se la quedó mirando a ver si descubría por qué esa bicicleta corría tanto y en cambio ella no podía correr, y se dio cuenta de que para poder correr hacía falta que unos zapatos hicieran mover los pedales muy rápido.

Así pues, decidió hacerse amiga de unos zapatos que le ayudaran a correr. Y dicho y hecho, comenzó a buscar unos zapatos. Y fue buscando y buscando hasta que, de repente, vio un par encima de una mesa. Y les dijo: -¡Eh! Zapatos! ¿Me queréis ayudar a pedalear y a correr? ¡Se ve que hacen falta unos zapatos para que una bicicleta pueda funcionar!
- ¡Muy bien! ¡Será muy divertido! -Dijeron los zapatos.
Y los zapatos se subieron encima de los pedales y se pusieron a hacer mucha fuerza para hacer correr la bicicleta, pero por mucha fuerza que intentaban hacer, la bicicleta no se movía.

La bicicleta y los zapatos se pusieron a pensar a ver si descubrían por qué no conseguían correr. Pensaban que lo estaban haciendo bien, pero aquello no se movía. Y, de pronto, vieron pasar otra bicicleta a toda velocidad, se la quedaron mirando y vieron que los zapatos que hacían correr esa bicicleta no estaban solos: ¡tenían unos calcetines!

Por lo tanto, ya habían encontrado la solución. ¡Necesitaban encontrar unos calcetines que se metieran dentro de los zapatos!

La bicicleta y los zapatos se pusieron a buscar unos calcetines que les ayudaran. Fueron mirando por todas partes hasta que vieron un par en un cesto lleno de ropa. Y gritaron: -¡Eh!, ¡Calcetines! ¿Queréis venir a ayudarnos a correr?
- ¡Si! ¡Será muy divertido! -Dijeron los calcetines.

Así pues, los calcetines se metieron dentro de los zapatos, y los zapatos se pusieron sobre los pedales de la bicicleta y empezaron a hacer fuerza para mover los pedales. Pero la bicicleta no se movía.

Algo estaban haciendo mal, pero no sabían el qué. Ya lo tenían todo preparado: una bicicleta, unos zapatos y unos calcetines, tal y como habían visto en las otras bicicletas que pasaban corriendo, pero aquello no funcionaba.

En ese momento, vieron pasar otra bicicleta. Esta iba poco a poco, y se pudieron fijar detenidamente, y lo que vieron les sorprendió: resulta que los zapatos hacían funcionar los pedales, y dentro de los zapatos había unos calcetines, ¡pero dentro los calcetines había unos pies! ¡Unos pies! Antes, al mirar aquellas bicicletas que pasaban corriendo, como iban tan deprisa no habían visto que también hacía falta poner unos pies dentro de los calcetines.

La bicicleta, los zapatos y los calcetines se pusieron a buscar unos pies. Fueron mirando, y mirando, y buscando, y buscando, hasta que vieron unos pies que pasaban por allí. Y cuando iban a llamar a los pies vieron que no estaban solos. Los pies estaban pegados a unas piernas. Y aquellos pies y aquellas piernas estaban pegados a un niño.

Así pues, la bicicleta, los zapatos y los calcetines dijeron: - ¡Eh niño! ¿Te puedes quitar los pies un rato y nos los dejas para poder correr con la bicicleta?

Y el niño contestó: -¡No me puedo sacar los pies! ¡Siempre los llevo pegados conmigo! Pero, si queréis, me puedo poner los calcetines y los zapatos, y todos juntos podemos correr un rato con la bicicleta!

¡Sí! ¡Venga! ¡Vamos! -Dijeron la bicicleta, los zapatos y los calcetines. Y el niño se puso los calcetines y los zapatos, se subió a la bicicleta, y empezó a pedalear y a correr.

Y desde entonces, no hay ninguna bicicleta que funcione sola. Siempre se necesita un niño o una niña para poder correr con una bicicleta.

Para acabar el cuento
Preguntemos al niño qué cosas hay que le guste hacer pero que no pueda hacer solo. Y también qué cosas queremos hacer nosotros como padres y no podemos hacer sin que nos ayude nuestro hijo.

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21 de junio de 2011

El niño que nunca recogía nada


Evidentemente, con este cuento pretendemos hacer que el niño se dé cuenta de lo que le puede pasar si nunca recoge ni ordena sus cosas.
Es importante dar la máxima expresividad a nuestras palabras al leer las frases donde se explica lo que el niño hace mal, y exagerar mucho las expresiones "Que lo recoja el canario!" y "Que lo haga el canario!", buscando la complicidad y la sonrisa del niño. Es interesante que cambiemos el sujeto "el canario" por otro animal que el niño reconozca mejor, por ejemplo, el pez de colores que tenemos en casa, o el nombre del perro de la abuela, ... de forma que el juego sea más fácil .
Podemos aprovechar las pausas entre cada una de las trastadas, para preguntar al niño si sabe qué es lo que tendría que haber hecho Marcelo.

El cuento
Marcelo era un niño que nunca recogía nada. Sus padres y sus profesores siempre iban detrás de él para que recogiera todo lo que usaba, pero él siempre decía: -Que lo recoja el canario!

Cuando quería jugar con otra cosa, dejaba sin recoger el juguete que estaba utilizando. Y si sus padres le decían que recogiera el juguete que ya no utilizaba, él siempre decía: -Que lo recoja el canario!

Cuando se ponía el pijama para ir a dormir, nunca dejaba la ropa sucia en su lugar. Y si alguien le decía que pusiera la ropa sucia en el cesto de la ropa para lavar, él siempre decía: -Que lo recoja el canario!

Siempre que se vestía por la mañana, tiraba el pijama en cualquier lugar, pero nunca en su lugar. Y si le decían que guardase el pijama, él siempre decía: -Que lo recoja el canario!

Cuando estaba en el colegio dibujando, y el profesor decía que recogiera los colores y los papeles para cambiar de actividad, él no lo hacía nunca y decía: -Que lo recoja el canario! Y sus amigos de la clase tenían que recoger lo que él había desordenado.

Al poco tiempo, su habitación se convirtió en una montaña enorme de cosas sin ordenar. Juguetes mezclados con ropa sucia, zapatos llenos de ceras de pintar, calcetines llenos de plastelina, muchos dibujos arrugados debajo de la cama, unos calzoncillos colgados de la lámpara, ... Si intentabas abrir su armario, te caían encima muñecos, pantalones, cartulinas rasgadas, trozos de bocadillo, ... incluso una piel de plátano.

Hasta que un día Marcelo le dice a su madre que, al día siguiente, en la escuela harán una representación de teatro y que él tiene que ir vestido de color verde, tiene que preparar un dibujo de un dragón, y tiene que llevar su juguete preferido.

Entonces su madre le dice: -Vete a tu habitación y prepara tu camiseta favorita de color verde para mañana. Y Marcelo se pone a buscar la camiseta entre toda aquella montaña de basura en que ha convertido su habitación y, cuando la encuentra, resulta que está sin lavar, manchada de chocolate y toda arrugada. Marcelo coge la camiseta y se la lleva corriendo a su madre y le pide que se la lave y la planche. Y su madre le dice: -Que la lave el canario!

A continuación, Marcelo se pone a buscar sus ceras y sus papeles blancos para dibujar el dragón que tiene que llevar a la escuela, pero no consigue encontrar los colores por ninguna parte, y todos los papeles que encuentra están sucios y arrugados. Se va corriendo hacia su madre y le pide que le dé unos papeles blancos y una caja nueva de colores. Y su madre le dice: -Que te lo dé el canario!

Y después, Marcelo se pone a buscar su juguete preferido para llevarlo al colegio, que es un coche que corre mucho y que le regaló el abuelo. Pero, aunque remueve toda su habitación, su coche preferido ha desaparecido en medio de tanto desorden. Y, llorando pues no podrá llevar ni su camiseta verde favorita, ni podrá hacer el dibujo del dragón, y no puede encontrar su coche preferido, le dice a su mamá: -Mamá, ayúdame a buscar mi coche favorito! Y mamá le dice: -Que te ayude el canario!

Al día siguiente, Marcelo fue a la escuela vestido con su camiseta verde sucia, arrugada y manchada de chocolate. Trajo un dibujo de un dragón en un papel sucio y arrugado, y además el dragón era de color naranja pues no encontró el color verde para pintarlo. Y, además, no pudo llevar su juguete preferido pues el coche que le regaló su abuelo no apareció nunca entre todo el desorden que había en su habitación.

Para terminar el cuento
Preguntarle al niño que le pasó a Marcelo y porqué. Intentar que sea el mismo niño el que nos diga qué es lo que habría que hacer y preguntarle si él cree que está haciendo las cosas tan mal como Marcelo o si las hace correctamente.
Podemos utilizar las expresiones "Que lo haga el canario!" como parte de un juego entre padres e hijos en el momento de recoger o hacer otras tareas.
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16 de junio de 2011

La mariquita Juanita


Con este cuento queremos fomentar los valores de la paciencia y el esfuerzo, así como hacer incapié en que todos somos distintos y que todos tenemos alguna cualidad especial que nos puede hacer destacar sobre los demás.
Solo hay un hilo narrativo, por lo que la participación activa del oyente hay que fomentarla a través de las preguntas entre pausas.
La rima consonante entre ‘mariquita’ y ‘Juanita’ llamará la atención del niño, y la empatía natural de los niños respecto la tristeza de la protagonista también los hará reaccionar con interés para saber el desenlace de la historia.

El cuento
Había una vez una mariquita que se llamaba Juanita. A la pobre Juanita le faltaba una patita. Todas sus amigas mariquitas tenían seis patitas, pero ella solo tenía cinco. Nació con solo cinco patitas.

Cada mañana, cuando salía el Sol, todas las mariquitas iban a correr por las hojas. Pero Juanita no las podía seguir ya que con solo cinco patitas no podía correr tan rápido como las demás.

A mediodía, las mariquitas jugaban a subir y bajar por las ramitas de las plantas, y Juanita se quedaba en casa sentada, ya que con solo cinco patitas no podía subir a las ramitas.

Por la tarde las mariquitas salían a bailar por los prados, pero Juanita se quedaba mirando, ya que con solo cinco patitas no podía bailar.

Antes de ir a dormir, todas las mariquitas jugaban a saltar entre las flores, y la pobre Juanita se quedaba sola, mirando como sus amigas se lo pasaban la mar de bien.

Juanita estaba triste. No podía jugar con las otras mariquitas y estaba enfadada porque le faltaba una patita. Su madre le decía que la quería más que a nadie y que era la mariquita más bonita del mundo, pero no conseguía consolar a la pequeña Juanita ya que ella quería ser como las otras mariquitas y poder correr, saltar y bailar igual que sus amigas.

Un buen día, cuando Juanita estaba desayunando, notó unas cosquillas en la espalda y le pidió a su madre que mirase a ver qué era aquello que le hacía cosquillas. Su madre se echó a reir, le dió un beso muy grande y le dijo:
-Estas cosquillas significan que te han salido alas en la espalda. Todas las mariquitas, cuando son mayores, tienen alas.
-¿Y para qué sirven las alas? -dijo Juanita.
-¡Las alas sirven para volar! -dijo su madre.

Después de desayunar, Juanita fue donde estaban jugando sus amigas y les explicó aquello de las cosquillas y las alas, y que servían para volar. Las otras mariquitas se rieron de ella diciendo que las mariquitas no podían volar.
Entonces, Juanita hizo un esfuerzo y desplegó unas alitas pequeñitas y transparentes, y empezó a moverlas arriba y abajo. Primero muy despacio, y después más deprisa, y finalmente muy y muy rápido. Hasta que, de repente, comenzó a elevarse del suelo y a volar. Al principio se cansaba mucho y solo volaba un poquito, pero poco a poco se fue acostumbrando e iba volando más tiempo sin cansarse, y cada vez más alto y más rápido.

A los pocos días ya era capaz de hacer volteretas en el aire, de ir de un árbol a otro, de volar sobre sus amigas y de subir hacia arriba y bajar hacia abajo, y hacia un lado, y hacia el otro, ...

Pasados unos días, a todas las amigas de Juanita también les salieron alas y, como Juanita ya llevaba varios días volando muy bien, se convirtió en la profesora de vuelo de todas las mariquitas.

Y, cuando todas las mariquitas ya sabían volar,  se dieron cuenta que Juanita era la que tenía las alas más grandes y más bonitas, y que podía volar más alto y más rápido que las otras, y que podía hacer más y mejores piruetas.

Para finalizar el relato
Hay que hablar de la paciencia y de la esperanza. Juanita, aunque le faltaba una patita y no podía jugar con sus amigas, nunca perdió la esperanza de, algún día, poder jugar con ellas sin ningún tipo de impedimento.

También hay que hablar sobre la importancia de ser perseverante y esforzarse en las tareas. Si Juanita no se hubiera esforzado en practicar mucho con las alas no habría conseguido ser la mejor voladora de todas las mariquitas.

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