13 de septiembre de 2011

Los gatos enamorados de la Luna

Con este cuento queremos fomentar la sensibilidad y los sentimientos.  No es nuevo para nadie que, entre todos los mensajes que reciben nuestros hijos durante el día, muy pocos estan realmente cargados de sensibilidad y de amor.  Es bueno hacer un esfuerzo para que reciban buenas dosis.

El cuento

Era una noche de verano y dos gatos paseaban por un prado. Desde el prado veían toda la ciudad iluminada, y les gustaba sentarse y mirar aquel espectáculo tan bonito de luces y
colores.

-¡Miau! Es muy bonita la ciudad iluminada.- dijo uno de los gatos.
-¡Sí! ¡Miau! - Dijo el otro gato. -No puedo dejar de contemplar todos esos colores y reflejos. ¡Es tan bonito!
Y así estaban los dos, embelesados ​​observando el movimiento de las luces de los coches yendo arriba y abajo por las calles de la ciudad, disfrutando del reflejo de las luces de colores de las tiendas en los cristales de los edificios, boquiabiertos con aquel espectáculo.

Entonces, a uno de los gatos, tan tranquilo como estaba, tuvo ganas de bostezar.
-¡Ahhhhh!
Y al bostezar levantó la cabeza y descubrió una luz en el cielo. Era una luz blanca, redonda, enorme. El gato pensó que era la luz más bonita que había visto jamás, y le dijo al otro gato:
-¡Miau! ¿Has visto esa lámpara que hay en el cielo?
El otro gato miró al cielo y, al ver la luz, exclamó:
-¡Miau! ¡Pero si es la Luna!
-¿La Luna? - dijo el otro. ¿Qué es la Luna?
-La Luna es un satélite que refleja la luz del Sol, y por eso da tanta luz .- le contestó.
Y los dos gatos dejaron de mirar las luces de la ciudad, se tumbaron boca arriba, y se dedicaron a mirar la Luna.

-¡Ay, es tan hermosa! - Dijo uno.
-¡Sí, es tan hermosa! - Dijo el otro.
-¡Ay, qué bonita! - Dijo uno.
-¡Sí que es bonita! - dijo el otro.
-Ay, me parece que me he enamorado de la Luna .- dijo uno.
-Sí, me parece que yo también me he enamorado de la Luna .- dijo el otro.
Y así estaban los dos, tumbados en el prado y mirándose la Luna totalmente enamorados.

De pronto, uno de los gatos saltó y dijo:
-¡Miau! ¡Escúchame! Si estamos enamorados tendríamos que escribir un poema de amor a la Luna.
-¡Sí! ¡Miau! ¡Un poema de amor! -Dijo el otro.
Y se pusieron a escribir un poema de amor. Pasado un buen rato, tras pensar mucho y liarse con las palabras, los versos y las rimas, acabaron su poema de amor a la Luna, que decía así:

Oh Luna tú tan bonita,
tan redonda y tan blanquita,
te digo que soy un gato
que de ti se ha enamorado.


-¡Miau!- Dijo uno de los gatos. -¡Nos ha quedado muy bien!
-¡Sí!- Dijo el otro. -Seguro que cuando le recitemos el poema a la Luna, ella también se enamorará de nosotros.
-¿Y cómo se recita un poema de amor? -Dijo uno.
-¡Miau!- Dijo el otro. -Como la Luna está muy lejos allá en el cielo, ¡hay que recitar el poema gritando tan fuerte como se pueda!
Y ambos gatos se sentaron en una piedra, se quedaron mirando a la Luna, y le recitaron el poema alzando mucho la voz:

Oh Luna tú tan bonita,
tan redonda y tan blanquita,
te digo que soy un gato
que de ti se ha enamorado.


Pero la Luna no hizo nada. Ni se movió, ni los miró, ni les contestó. Ni siquiera una triste sonrisa. Entonces los gatos pensaron que no habían gritado bastante, y volvieron a recitar el poema gritando aún más fuerte:

Ooh Luna tú tan bonitaaa,
taaan redonda y taaan blanquitaaa,
te digo que soy un gaaato
que de tiii ha enamoraaado.


Y la Luna tampoco hizo nada.

-¡Miau! ¡La Luna no nos ha oído! - Dijo uno.
-¡Es verdad! ¡Estamos demasiado lejos de la Luna! - Dijo el otro.
-¡Miau! ¡Ya tengo la solución! -Dijo uno. -Construiremos una escalera de madera muy alta para poder acercarnos hasta la Luna y entonces, gritando tanto como podamos, le recitaremos el poema.
¡Sí! -Dijo el otro. -¡Buena idea!
Y se pusieron a construir una escalera de madera que, una vez terminada, resultó ser la escalera de madera más alta que se ha hecho nunca. Era tan alta, que con las patas casi le podían tocar la cara a la Luna.

Y dicho y hecho, subieron ambos gatos a lo más alto de la escalera y, una vez arriba vieron que estaban tan cerca de la Luna que esta vez seguro que los oiría recitar el poema de amor.

-¡Venga! ¡Vamos a recitar el poema! - Dijo uno.
¡Sí! - Dijo el otro. -¡Pero esta vez tenemos que gritar más fuerte que nunca!
Se aclararon la garganta, tomaron tanto de aire como pudieron, y así recitaron el poema:

Ooooh Luuunaaa tuuú taaan boooniiitaaa,
taaan redoooontaaaaa y taaan blanquitaaaaa,
teee diiigooo que soooy uuun gaaatooooo
que de tiiii se haaaaa eeenaaamoooraaadoooo.


Y entonces la Luna abrió los ojos, se quedó mirando los gatos, y dijo: -¿Quien es el que grita tan fuerte?
-¡Miau! ¡Somos nosotros!- Dijeron los gatos. Es que nos hemos enamorado de ti y te hemos recitado un poema de amor. Pero como estábamos muy lejos y no nos oías, hemos subido en esta escalera y hemos gritado tan fuerte como hemos podido para que nos pudieras escuchar.
-Pero,¿dónde se ha visto que un poema de amor se recite gritando de esta manera?- dijo la Luna.
-¡Un poema de amor se recita bajito y al oído! A ver, recitad de nuevo el poema pero esta vez bien bajito.

Y así hicieron los gatos:

Oh Luna tú tan bonita,
tan redonda y tan blanquita,
te digo que soy un gato
que de ti se ha enamorado.


Y dijo la Luna: -¡Ahora sí que os he escuchado bien! ¡Y la verdad es que el poema me ha gustado mucho!
La Luna les dio un beso y los despidió diciendo: -¡Me ha gustado tanto que quiero que me lo recitéis todas las noches de luna llena!.

Y así es que desde entonces todos los gatos en las noches de luna llena se sientan en los tejados de las casas y contemplan la Luna, y también es por eso que los poemas de amor siempre se han de recitar bajito y al oído.

Observaciones finales

No tengamos vergüenza de gritar cuando los gatos recitan el poema, ni de maullar cuando los gatos maullan.  Ya veréis cómo cambia su cara cuando nos metemos de verdad en el papel.
El final del cuento es perfecto para despedirse del niño con un beso y un “te quiero” susurrado al oído, como la Luna y los gatos.
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